Le preguntan por WhatsApp a las nueve de la noche. Sale un presupuesto con folio y con sus precios. Cuando lo aceptan, la factura y el asiento ya están escritos.
Sin instalar nada. El catálogo se sube como el Excel que ya tiene.
El miedo de poner una inteligencia artificial a vender es que regale la mercadería. Acá no puede: la IA lee lo que escribió su cliente y devuelve qué pidió. Los precios y los descuentos los calcula un motor determinista con las reglas que usted cargó, y una cifra que el modelo invente no llega a la cotización porque se compara contra el catálogo antes de salir.
Entiende «un rollo de zinc grueso» y pregunta lo que falte. Eso es todo lo que hace.
Sus precios, sus descuentos por volumen, sus convenios. Probado con 31 pruebas que corren en cada cambio.
En el panel se ve con qué reglas está cotizando, en el orden en que corren, y cuáles no se están aplicando.
Lo que este software no hace está escrito en su propia página, porque un producto que nombra sus límites es el único al que se le puede creer el resto.
No hay un proyecto de meses ni consultores. El catálogo se sube como el Excel que ya tiene y el chatbot contesta el mismo día.
No lo reemplaza. Recibe los libros de compras y ventas en el formato que pide el SII, ya cuadrados, y revisa lo de siempre: lo que no tiene que hacer es juntar los papeles del mes.
Mientras tanto. Esa es la parte que el software se lleva: contestar a las nueve de la noche y escribir lo mismo tres veces.