No de una planilla aparte. El precio que el chatbot le dio al cliente es el que viaja al documento, y nadie lo vuelve a escribir.
Un Documento Tributario Electrónico es la versión con validez legal de la factura, la boleta o la nota de crédito. Se arma como un archivo, se firma con el certificado digital de la empresa y se le informa al SII; el cliente recibe su copia.
Para emitirlos hay que estar autorizado por el SII y tener folios vigentes: rangos de numeración que el SII entrega y que se van gastando a medida que se emite. Cuando se acaban, se piden más.
Los requisitos para emitir, el certificado y la obtención de folios los define el SII y cambian. Acá se explica qué hace el software con ellos, no cómo tramitarlos.
Es la firma de la empresa. Sin él el documento no tiene valor, porque cualquiera podría emitirlo.
La numeración autorizada. Se gastan de a uno y hay que reponerlos antes de quedarse sin.
El documento se le informa al SII y queda registrado. Esa es la parte que lo hace legal.
Casi cualquier sistema emite una factura. Lo que cuesta caro es el salto entre lo que se cotizó y lo que se facturó, porque en la mayoría de las pymes ese salto lo hace una persona copiando números de una pantalla a otra.
Ahí aparecen las tres de siempre: el descuento que se prometió por WhatsApp y no llegó al documento, la cantidad que se tecleó cambiada, el flete que se cobró en la cotización y se olvidó en la factura. Ninguna se descubre el mismo día. Se descubren cuando el cliente reclama o cuando no cuadra el mes.
La cotización que el chatbot armó con su lista de precios y sus reglas es la misma pieza que después emite el documento. No hay una segunda digitación porque no hay un segundo lugar donde escribir: el precio, el descuento y las cantidades ya están decididos.
Y esa misma venta escribe su asiento contable cuando se emite, así que el libro de ventas del mes se va armando solo. Cuando toque declarar, la cifra ya está: eso es lo que explicamos en la página del Formulario 29.