El chatbot es la puerta. Lo que hay detrás son dos piezas que no improvisan: un motor que calcula con sus reglas, y un libro que no acepta un asiento descuadrado.
No son configuraciones que se puedan desactivar. Están puestas donde no se pueden saltar, porque cada una es un error que cuesta plata de verdad.
Lee la frase del cliente y devuelve qué le pidieron: el producto y la cantidad. Los precios los pone un motor con sus reglas de siempre. Un chatbot que improvisa una cifra regala una venta o la pierde.
Lo comprueba la base de datos, no el programa. Un asiento descuadrado no se guarda —ni con un error de red en el medio— y uno ya contabilizado no acepta que se le agregue, cambie ni quite una línea. Se reversa.
Los montos se congelan el día del presupuesto. Entre cotizar y aceptar suben precios; refacturar con los nuevos le manda al cliente un total distinto del que aceptó, y el cliente tiene razón.
Las cifras están acá porque son la respuesta a «¿esto aguanta mi contabilidad?». Nada de esto se ve desde afuera, y es lo que hace la diferencia entre un producto y una demo.
Más las aserciones contra un Postgres de verdad, que se levanta y se apaga en cada revisión, y un recorrido del producto completo —abrir una cuenta, cargar el catálogo, cotizar y comprobar el precio— contra el servidor de verdad en cada despliegue.
Dicho acá y no en la letra chica. Un producto que nombra sus límites es el único al que se le puede creer el resto.
Dos semanas con el producto entero, sin tope de cotizaciones y sin tarjeta.